Nací en Segovia, una ciudad donde la historia no se estudia: se cruza al volver a casa. Crecí entre piedra vieja y a la sombra de un acueducto romano levantado para llevar agua de un sitio a otro, sin sospechar que acabaría escribiendo una saga en la que el agua lo decide todo.
Mi relación con Inglaterra empezó con una temporada en Shrewsbury, una antigua ciudad de mercado a la que el río Severn rodea casi por completo. De aquella estancia me quedó una fascinación que no se me ha pasado: desde entonces han sido incontables los viajes a Londres y sus alrededores, y una curiosidad que no cesa por la Inglaterra medieval, por sus gremios y sus señores, y por la vida corriente de las aldeas que quedaban entre unos y otros.
Escribo por gusto, y escribo buscando sensaciones. Me gusta detenerme en lo pequeño, casi como lo haría una cámara: en el olor de la tierra mojada después de la tormenta, en el rumor de una corriente que ha cambiado de color durante la noche o en el gesto mínimo de alguien que calla lo que piensa. Pero no aspiro a contarlo todo, porque sé que lo mejor de una escena no está escrito: cada lector la termina con su propia imaginación, y ahí es donde de verdad ocurre. Solo pretendo darle los materiales para que la vea, la respire y le importe.
«La Daga y el Río» es mi primera saga de ficción histórica, ambientada en la Inglaterra medieval, sobre la lealtad, el silencio y lo que un río se lleva y acaba devolviendo.